29 agosto 2026
Cada vez que hacíamos papas salían diferentes. Durante mucho tiempo Lily y yo hablábamos de tiempos: cuánto las precocíamos, si desde frío o desde caliente, si con sal o sin sal, porque siempre salían diferentes.
Ya después de un rato decidimos buscar en internet porque nuestras deducciones lógicas quizás no explicaban todo, jajaja. Pero fue abrir una caja de Pandora de las papas.
Quizás por eso son tan ricas. Quizás por eso son tan complejas y tan simples.
O quizás la respuesta es mucho más sencilla: las papas son ricas de casi cualquier manera, nada más depende de qué tipo de humano seas.
Una papa puede cambiar muchísimo dependiendo del tipo, cuánto tiempo lleva guardada, cuánta agua tiene, cuánto almidón y cuántos azúcares. Incluso la temperatura a la que estuvo almacenada puede cambiar cómo se comporta después al cocinarla.
O sea, aparentemente hay demasiadas variables para una papa.
Y luego resulta que también hay un montón de trucos para cocinarlas —según los youtubers, claro—. Hay gente que les pone bicarbonato al agua para que la superficie se rompa un poquito y queden más crujientes. Hay gente que usa vinagre para que mantengan mejor la forma. Hay quien las enfría, las congela, las fríe dos veces.
Entonces empezamos a probar cosas.
Una vez, después de juntar las teorías de todos los youtubers y todas las inteligencias artificiales que encontramos, armamos nuestra propia teoría de la cocción perfecta para hacer unas papas ricas para Martesana.
Cortamos todos los gajos del mismo tamaño, los blanqueamos unos cuatro o cinco minutos y después los freímos a 160 grados.
Se pusieron negras.
No doradas.
Negras.
Ahí fue cuando entendimos que el problema no era solamente cómo las estábamos cocinando. La papa también cambia antes de llegar a la cocina.
Dependiendo de la variedad, de cuánto tiempo estuvo guardada y de la temperatura a la que estuvo almacenada, puede tener distinta cantidad de agua, almidón y azúcares. Y esos azúcares importan muchísimo al freír: entre más tenga, más rápido se puede oscurecer.
O sea que dos papas que se ven prácticamente iguales pueden reaccionar completamente distinto aunque tú hagas lo mismo. Eso sí nos explicó por qué a veces sentíamos que repetíamos el mismo proceso y obteníamos otra cosa.
Lo malo es que ahora sé demasiadas cosas de papas.
Y existe una posibilidad absurda de que después de esta investigación cambie de oficio y me vuelva papera.
Imagínense que un día dejo de hacer pan y empiezo a hacer papas de todas las formas posibles.
Por ahora, no.
Por ahora las cocemos completas, las dejamos enfriar y, cuando alguien pide unas, las cortamos en gajos y las horneamos.
Es como nos están saliendo más ricas.
Igual seguimos probando.
Porque aparentemente todavía hay demasiadas cosas que una persona puede saber de una papa.
